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marți, 17 ianuarie 2017

¿Cuán "cristianos" son los villancicos rumanos? - by MIHAELA ALDA



Llevo unos días leyendo Las raíces históricas del cuento de Vladimir Propp – un libro fantástico que os recomiendo encarecidamente si no lo habéis leído; es mejor, en mi opinión, que su famosa Morfología del cuento.
Bueno, pues llego al capítulo sobre el caballo mágico que conduce al héroe al “otro reino”, al mundo de los muertos, en la visión de Propp sobre la que tengo mis reservas, y dice el libro que se produce la fusión entre el fuego como vehículo hacia el otro mundo (la ascensión del alma con el humo) y el caballo, animal totémico (antepasado mítico de la tribu) y psicopompo (que conduce el alma al otro mundo). Y luego habla del dios indio Agni, el caballo de fuego, etc., etc.…
Propp no dice nada de la literatura rumana, vecina suya, aunque da detalles sobre mitos, ritos y cuentos de Oceanía. Habla algo sobre el color amarillo o rojo del caballo en los cuentos rusos – color de las llamas – y nada más.
Como se puede ver en La historia de Moro-Blanco, hay en los cuentos rumanos unos caballos que no sólo vuelan, sino que se alimentan de ascuas. El cuento mencionado no es el único en el que aparece un tal caballo. Y entonces, me pregunto ¿es el cuento rumano el exponente de una tradición anterior, quizá de la misma edad que la védica?
No lo sé, pero mientras estaba pensando en esto, me surgió otra idea: ¿Qué pasa con los villancicos? No, no estoy hablando de los villancicos “cristianos” con el niño en el portal y los tres reyes magos. Existe en la cultura rumana otro tipo de villancicos, más antiguos, confusos, casi ininteligibles para el hombre moderno, a menudo llamados “canciones de viejos” o “canciones viejas”, de un paganismo evidente disfrazado de cristianismo. Hace años que me obsesiona una de estas canciones, oída por casualidad en un CD de Stefan Hrusca (para quien quiera escucharla, os dejo el enlace aquí ).

La transcripción de la letra sería:


Bun gând ce-ai gânditu
Tăţi au şi venitu.
Numa’ Sân Nicoară
Pe mare venitu-i
C-un căluţ dalbuţu,
Dalbu de-asudatu-i,
Negru de-nspumatu-i,
Roşu de-nfocatu-i.

Şi eu mă-ntâlniu
Cu trei dabruzăi.
Şi ei mă rugară
Să nu-i las să piară.

Crucea o-ntorsăiu
Şi-afară-i scosăiu
Pe-o punte de nuc,
Ţie să-i aduc,
Sa şadă la tine,
Să le fie bine.

Să fii sănătoasă, gazdă, oi găzduţa noastă,
Şi plăteşti colinda noastră, oi gazduţa noastă.

Lo que en una traducción castellana (aproximada, teniendo en cuenta el idioma con matices arcaicos y regionales en el que se canta) sería:

Buen pensamiento que has pensado
Todos ya han llegado.
Sólo San Nicolás
Llegó por mar
Con un caballito blanquito,
Es[1] blanco de sudado,
Es negro de espumado,
Es rojo de fogoso.

Y yo me encontré
Con tres dioses blancos[2].
Y ellos me suplicaron
Que no los deje perecer.

La cruz la volví
Y fuera los saqué
Por un puente de nogal,
A traértelos a ti,
Que se queden contigo,
Que les vaya bien.

Queda sana, nuestra anfitriona, ay nuestra pequeña anfitriona,
Y paga nuestro villancico, ay nuestra pequeña anfitriona.

Quitando los últimos dos versos claramente circunstanciales, el resto parece no tener ningún sentido y, sobre todo, muy poca relación con la religión cristiana. Es verdad que se menciona la cruz, pero incluso ella es una falsa alusión al Dios cristiano. La cruz es un símbolo muy anterior al cristianismo, aparece miles de años antes, incluso sobre el territorio de la actual Rumanía, en la cerámica de la cultura Cucuteni, por ejemplo, con una antigüedad de más de 6000 años.

Por no hablar ya de la cruz gamada, conocida como esvástica.

Así que la cruz es, quizás, el elemento menos cristiano de todo el „villancico”.

¿Podría ser, entonces, la mención de San Nicolás el elemento cristiano del villancico? Sí, podría ser, pero no lo es. Lo primero que salta a la vista es su nombre en rumano, Sân Nicoară  y no Sfântul Nicolae. Aunque parezca lo mismo, hay una gran diferencia: mientras el último es San Nicolás del cristianismo, precursor de Papa Noel o de Santa Claus, el primero es un personaje mucho más antiguo que se ha vuelto muy oscuro con el paso del tiempo. En los cuentos rumanos Sân Nicoară es el guardián del Sol o el que mantiene el Sol en su lugar y no lo deja desviarse de su recorrido diario; también aparece como guardián del puente (al otro mundo) o barquero de almas.

Pero empecemos por el principio: ¿quién eres „tú” el que „has pensado”? Se podría decir que es el anfitrión mismo o, mejor dicho, la „anfitriona” – quedémonos de momento con esta explicación que deja más interrogantes que respuestas, ya que seguimos sin saber quién es la anfitriona.
Y sigue: Todos ya han llegado. ¿Quiénes? Los seres que se pueden llamar o invocar con el pensamiento, en los que estaba pensando el misterioso „tú”. Estos seres no son, seguramente, de este mundo, sino del otro, idea reforzada por la inmediata mención de Sân Nicoară cuya naturaleza ya la hemos discutido. Se trata de un conjuro, de un llamamiento lanzado a los habitantes del otro mundo – antepasados, espíritus guardianes – para cumplir con su papel en el rito de cambio de estación.
El protagonista del rito llega, finalmente, „del mar”, otra alusión a su condición de Caronte, pero en este caso su medio de transporte es el caballo que reúne, en un solo animal, los tres atributos del caballo-guía o del caballo-acompañante al mundo de más allá: es blanco, negro y rojo – es decir: puro o espectral, muerto y de fuego.

Como conclusión a esta primera parte podemos afirmar que estamos ante un rito de paso, en el que una mujer chamán (la anfitriona) invoca a seres del otro mundo; estos llegan al instante, llevados por el pensamiento de los vivos, a excepción de „San Nicolás” que llega por mar acompañado de su caballo.


II

Seguiré analizando las poderosas imágenes de la segunda mitad del “villancico” que traduje en la primera parte.
Me había parado sobre todo porque no conseguía adivinar quiénes eran esos “dioses buenos” que el yo poético se encuentra. Tardé un buen rato en identificarlos y lo pude hacer solamente cuando substituí la palabra “buenos” por “blandos” o “pacíficos” – a partir de ese momento los vi con claridad: ¡eran Blajinii (“los gentiles”, “los blandos”, “los compasivos”)!
Blajinii, conocidos también como rocmani o rohmani (el parecido con brahmán no es casualidad) son, según ciertas leyendas rumanas, espíritus de los antepasados que habitan en la otra orilla del Río (Agua) del Sábado – el agua que rodea el mundo de los vivos y lo separa del otro mundo – o  en las Islas Blancas, donde se encuentra el vórtice del mundo. Estos antepasados se conmemoran el primer domingo después del Domingo de Resurrección, durante las Pascuas de los Blajini o las Pascuas de los Muertos, en unas fiestas muy similares en cuanto a ritos a la misma Resurrección. El deber de los vivos es de mantener el culto a los antepasados, de no dejarlos perecer. Los dichos espíritus sólo pueden abandonar su sitio una vez al año, en su fiesta, cuando son “sacados fuera”. El carácter iniciático de las celebraciones de esta época del año es indudable: es ahora cuando tienen lugar los famosos bailes de los Căluşari, que culminan con la purificación por el salto a través del fuego. Así, pues, exceptuando la fecha, todos los elementos relacionados con los “dabruzăi” indican que se trata de los Gentiles. Pero la fecha no supone un problema – se trata simplemente de un cambio moderno del principio del año: antiguamente el año empezaba en primavera, con el despertar de la naturaleza. Una vez desplazado el comienzo del nuevo año a finales de diciembre, las canciones rituales se han desplazado con él – sigue habiendo un rito de paso en el que se invocan los espíritus de los antepasados, se les permite entrar en nuestro mundo para participar a la renovación del tiempo.
 Y hay que añadir a todo esto el nogal, tradicionalmente considerado el eje del mundo (axis mundi), el que une el inframundo, el mundo terrenal y el cielo. En muchas regiones de Rumanía se llevan todavía a la iglesia ramas de nogal justo para celebrar a los antepasados en sus Pascuas, cuando salen de su lugar y andan libres entre los vivos.

Resumiendo, el yo poético se encuentra con los espíritus de tres antepasados, a los que ayuda a salir de su mundo y a penetrar en el nuestro a través del árbol sagrado, para participar en un rito celebrado por una mujer sacerdotisa o chamán.
No hay nada de cristiano en este “villancico”, sino que es la expresión de una tradición mucho más antigua, celebrando el comienzo de un nuevo ciclo en la gran espiral del tiempo.




[1] O también está, ya que el rumano no diferencia entre ser y estar.
[2] La palabra rumana, dabruzăi, no aparece en ningún diccionario; se puede deducir su significado aproximado de “dioses blancos” separando sus dos partes (dabru zăi), muy parecidas a dalbi zăi, es decir “blancos dioses”. Es posible también que sean dobri zăi, es decir “dioses buenos” aplicando una etimología de filiación eslava.

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