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marți, 17 ianuarie 2017

Símbolos precristianos y ritos de paso en los villancicos rumanos - by MIHAELA ALDA 1.



Símbolos precristianos y ritos de paso


en los villancicos rumanos



I. Orígenes y tipología
Rumanía es un país cristiano que, además, se identifica fuertemente con la espiritualidad de la Iglesia Ortodoxa. Pero el cristianismo rumano presenta ciertos rasgos específicos procedentes de la particular forma en la que se introdujo la nueva creencia en el espacio de la actual Rumanía y que en la época de los primeros cristianos se conocía como Dacia.
Porque hay que decir desde el principio que el cristianismo no fue nunca impuesto en el territorio rumano, sino que la población existente en este territorio a principios de la era cristiana lo aceptó como una continuación natural, como un desarrollo normal de sus creencias anteriores.
A consecuencia de estos principios atípicos no conflictivos del cristianismo rumano, las antiguas creencias, tradiciones y costumbres se integraron de forma natural en la nueva religión, por lo que esta última conserva todavía, pasados dos mil años, fuertes huellas de las primeras. Tenemos muy pocas informaciones sobre cuál era la religión de los dacios, pero gracias a Heródoto sabemos que su dios supremo (o su único dios, según otras interpretaciones) era Zalmoxis. Al igual que muchos otros dioses, Zalmoxis nació humano, y por lo tanto mortal. Adquiriendo sabiduría se hizo construir una habitación subterránea donde permaneció enterrado durante tres años. En todo este tiempo su pueblo lloró su muerte, pero al cuarto año Zalmoxis salió vivo de su tumba y empezó a enseñarles a los dacios los ritos iniciáticos a través de los cuales podían obtener la inmortalidad.
El cristianismo se sobrepone a estas antiguas tradiciones y nos permite vislumbrarlas detrás de la capa superficial que las envuelve. Los villancicos son, en este contexto, los depositarios por excelencia de la simbología precristiana, ya que reúnen tradiciones que correspondían antiguamente a toda una época del año dedicada al renacimiento de la espiral del tiempo mítico, época que se extendía de noviembre a febrero o incluso más.
Antes de entrar en detalles, hay que diferenciar los villancicos tradicionales propiamente dichos (llamados en rumano colinde, corinde o colinzi) de los villancicos con contenido exclusivamente cristiano, muy escasos y de reciente importación en la tradición rumana, llamados canciones de estrella (en rumano cântece de stea). Estos últimos apenas representan un cuarto del total y se cantan casi sin excepción en la iglesia o por grupos de niños pequeños.
Los verdaderos villancicos no tienen nada que ver con el nacimiento del niño Jesús, ni con el Dios cristiano. Son canciones rituales destinadas a traer abundancia, a facilitar la renovación del tiempo mágico y que incluyen una serie de símbolos precristianos que vamos a ver más tarde. Según una tipología incompleta, estos villancicos precristianos se clasifican en: villancicos de caza (o de cazador), villancicos de pastoreo (o de pastor), de mozas, de mozos, de ricos, de pobres, de boda, etc., siempre adaptándose a las circunstancias.
Porque una parte muy importante del ritual es el corindat, es decir el paseo de los grupos de hombres jóvenes y solteros por todo el pueblo, de casa en casa, parándose a cantar en cada una. Los grupos no incluyen mujeres, ni siquiera niñas, y tampoco hombres casados, excepto el vătaf (el jefe o el capataz) que en algunas regiones puede ser un hombre casado, lo que es un fuerte indicio del carácter iniciático del ritual. Estos grupos llamados cete se forman a mediados de noviembre cuando empieza el adviento en la Iglesia Ortodoxa. Elijen una casa donde se reúnen varias veces por semana para ensayar. En vísperas de Navidad, visten trajes tradicionales y recorren el pueblo entero cantando de casa en casa. Por el camino tienen que gritar y hacer ruidos para avisar de su presencia, pero también para asustar a los malos espíritus.
El ritual propiamente dicho del villancico supone ciertos pasos que se tienen que cumplir para que el rito sea eficaz:
a) En primer lugar, se canta el villancico en la puerta o el villancico bajo la ventana. Se trata normalmente de una canción que explica las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse los jóvenes hasta llegar a la casa del anfitrión.
b) Acabado el villancico bajo la ventana, el capataz entra solo y pide permiso para que pasen los demás. La fórmula tradicional para esto es “Primiţi cu colinda?” o “Slobod îi a colinda?” – es decir, “¿Queréis recibir nuestro villancico?” o “¿Está permitido cantar villancicos?”.
c) Cuando el cabeza de familia da su consentimiento, el grupo entero entra y canta, esta vez dentro de la casa, varios villancicos diferentes en función de la zona geográfica, de la condición del anfitrión o de la composición de su familia.
d) Después de cumplir esta parte del ritual, el capataz exige que se les pague, utilizando fórmulas versificadas fijas. Los regalos tradicionales son colaci (un tipo de panecillos), carne de cerdo, chorizos, queso y una botella de ţuică o pălincă (un tipo de aguardiente muy fuerte parecida al orujo gallego) de la que todos tienen que beber un trago, empezando por el anfitrión.
e) La última obligación de los jóvenes, antes de marcharse, es bailar con la hija del anfitrión, si este tiene hijas, con su mujer o con cualquier otra mujer de la familia, si en la casa no existen mozas. Para esto van siempre acompañados de músicos, los instrumentos tradicionales siendo la flauta y el tambor.
El incumplimiento de cualquiera de estos pasos anula la eficacia del ritual entero; su finalidad no es la de anunciar el evento cristiano, el nacimiento de Jesús, sino de traer la abundancia y la felicidad a todas las casas del pueblo. Al mismo tiempo, los jóvenes demuestran su valor a través de las tres pruebas a las que se ven sometidos: la prueba de la comida (porque tienen que comer en todas las casas), la de la bebida (tienen que honrar al anfitrión de cada hogar catando su pălinca) y, la más difícil entre todas, la prueba del sueño o, mejor dicho, de la falta de sueño a la que sucumbió el mismo Gilgames, el héroe sumerio.


II. Símbolos animales en los villancicos de caza
En estas condiciones, no es de extrañar que muy pocos o ninguno de los villancicos cantados por los jóvenes tengan contenido cristiano, aunque a veces el estribillo añadido en épocas más recientes puede engañar por su referencia al “Señor”, a Jesús o a la Virgen.
Tal como hemos mencionado, los villancicos precristianos presentan una tipología variada, pero probablemente los más antiguos y los más interesantes son los llamados villancicos de caza, tanto por su variedad, como por todos los símbolos animales que aparecen en ellos y que no tienen relación ninguna con el cristianismo.
Vamos a ver un ejemplo. El “Villancico del ciervo”, en sus múltiples versiones, nos cuenta como el cazador oye el “canto” de un ciervo del bosque, coge su arma (arco o escopeta) y sale a la persecución del animal. Lo encuentra, pero no puede matarlo porque el ciervo empieza a hablarle, lo llama “hermanito” y le explica que no es un ciervo de verdad, sino un joven al que su madre maldijo (no se nos dice el motivo de la maldición) y que tiene que cumplir un castigo de nueve años, nueve meses y nueve semanas antes de poder retomar su forma humana. En las versiones más recientes, el ciervo es San Juan, castigado por Dios o también por su madre a errar por los bosques durante nueve años y nueve días. La relación con el animal totémico es evidente – a través de la iniciación el joven se identifica con el tótem de su tribu, el animal “hermano”, en este caso el ciervo. En su forma domesticada de cabra, el animal aparece también en otro ritual relacionado con el período mágico de renovación del tiempo: se trata del baile de la cabra, un baile ritual con máscaras que tiene lugar, en función de la región, entre la Navidad y el día de Año Nuevo, y que presenta de manera simbólica la muerte y la resurrección del animal. La misma función mágica la cumple el oso, otro animal totémico de origen dacio al que se le dedica un baile con máscaras, sobre todo en la región de Moldavia. Las raíces míticas del baile del oso podrían ser incluso más antiguas, ya que muchos investigadores consideran que el mismo nombre del dios Zalmoxis proviene de las palabras tracio-dacias zalmo (“piel”) y olxis (“oso”), es decir “el que viste la piel del oso”. El oso como tótem es una elección lógica teniendo en cuenta el hecho de que incluso hoy en día en Rumanía se concentra la mayor población de osos de Europa.
Pero el ciervo y el oso no son los únicos animales que aparecen en los villancicos y en los demás rituales ocasionados por la renovación del tiempo.
Hay otros dos animales que juegan también un papel importante en el ritual; se trata del caballo y del uro, extinguido en el siglo XVII, confundido a veces con el toro o con el buey.

El caballo es el animal psicopompo por excelencia. En numerosos villancicos se alude al caballo que tiene que ser herrado con herraduras de panecillos y con clavos de chorizos, es decir exactamente los regalos que por tradición se ofrecen tanto a los que cantan villancicos, como a los que asisten a un funeral. Es muy interesante la imagen del caballo tal como aparece en varias versiones de un villancico de la región de Maramureş. En este caso, se trata del caballo de Sân Nicoară, personaje del que volveremos a hablar. Lo inusual es que el animal cambia de color de un verso a otro, mostrándose sucesivamente como blanco, negro y rojo y simbolizando la vida, la muerte y el espíritu, el fuego que hace de puente entre los diferentes niveles del mundo: ctónico, terrenal y celestial. En los cuentos rumanos tradicionales es un hecho habitual encontrar caballos que comen ascuas para transformarse de jamelgos mugrosos en corceles alados, dicha transformación simbolizando otra expresión del traslado entre el mundo terrenal y el celestial. Merece mencionar también el hecho de que al vătaf o capataz del grupo se le llama en ocasiones “caballo” – siendo él el encargado de conducir a los aspirantes a la iniciación tanto a través del espacio físico, por las calles del pueblo, como a través del espacio espiritual, para ayudarles a entrar en el mundo de los adultos.
En cuanto al uro, este es un antiguo símbolo rumano que a partir de la Edad Media se representa incluso en el escudo de Moldavia. Dentro del ritual navideño aparece principalmente en los villancicos llamados “de boda”. Las canciones de este tipo nos cuentan que una moza (en ciertas versiones la hermana del Sol, lo que le confiere el significado añadido de boda cósmica) observa la llegada de varios pretendientes. La madre le revela que esos jóvenes piden como dote un arado de hierro y el iampor o, en otras versiones el iambur. El mismo villancico nos explica qué es el iampor, a saber “un buey hermoso/ a mandar abajo por la bóveda,/ a por trigo, a por centeno,/ a por flores de primavera” – es evidente la referencia a la constelación del toro que llega a su máxima altura en el cielo durante el invierno y baja en primavera y en verano. Otro tipo de villancicos, con significados más oscuros debido, probablemente, a su mayor antigüedad, nos hablan de un uro que llega nadando a través del mar; en sus cuernos lleva colgada una cuna o un columpio, y en el columpio está sentada una niña que teje. Estamos ya muy lejos del cristianismo, contemplando quizá los mismos fundamentos de las mitologías euroasiáticas. Y enseguida surge la pregunta ¿quién es la hermosa niña sentada entre los cuernos del uro? Podríamos pensar en Zeus y Europa, y no nos equivocaríamos, aunque el uro dacio viene incluso de más lejos. Para comprender todo su alcance tendríamos que hablar de otro animal significativo en los ritos de invierno, el animal sacrificado en honor a la diosa de la tierra, posiblemente Bendis en la mitología dacia, en cuyo honor se mataban cerdos.
Los autores antiguos cuentan que las tribus tracias (entre ellas las dacias) venían del Norte, de la mítica Hiperbórea. Aunque la información no puede ser comprobada, huellas de un antiguo sacrificio ritual del cerdo (el equivalente domestico del jabalí ritualmente sacrificado por los pueblos del norte) permanecen visibles en la matanza del día de San Ignacio o, por su nombre rumano, Ignat, celebrado el 20 de diciembre, cinco días antes de Navidad, así que en pleno adviento cuando debería estar prohibido el consumo de carne y de alcohol.

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